Diccionario biográfico de autores

Ortega García-Madrid, Ángeles (Torrejón de Ardoz, 1918-Madrid, 8 de noviembre de 2015)

Escritora madrileña. Con trece años se trasladó junto a su familia a la capital. Allí comenzó a trabajar como costurera, entrando en contacto con diversas agrupaciones políticas y sindicatos. En 1934 comenzó a colaborar en las actividades culturales del Círculo Socialista de Pacífico. Sin embargo, no fue hasta la Revolución de Asturias, cuando experimentó un creciente interés por los asuntos políticos. Ese mismo año se afilió a las Juventudes Socialistas.

En 1936 asumió el cargo de cobradora de tranvías, oficio por el que, junto a su pertenencia a las Juventudes Socialistas, fue detenida y procesada, acusada de «auxilio a la rebelión» en mayo de 1939. Condenada a doce años de reclusión mayor, fue encarcelada en las prisiones de Ventas, donde permaneció hasta mayo de 1940, Tarragona, Les Corts y Gerona. Durante su cautiverio en Ventas coincidió con Las Trece Rosas, a quienes, además de recoger las canciones que estas escribieron en el penal, dedicó A trece flores caídas, pieza cuyo texto recogió en su poemario carcelario Al quiebro de mis espinas (poemas desde la cárcel).

En 1942 recibió el indulto y fue excarcelada. Sin embargo, su condición de presa le obligó a malvivir y trabajar clandestinamente durante varios años. Durante todo este tiempo conservó también en la clandestinidad sus escritos y poemas, que no publicó hasta bien entrada la democracia: Aguas revueltas (1980), Réquiem por la libertad (1982), Títere de corcho (1986), Pasos tranquilos (1993), De la memoria y otras cosas (2001). Además desempeñó el cargo de Secretaria de Cultura de la Asociación de Expresos y Represaliados Políticos Franquistas.

Falleció en Madrid el 8 de noviembre de 2015.

Fuentes:

 

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Ángeles Ortega García-Madrid (al centro) junto a un grupo de presas sin identificar de la Prisión Central de Mujeres de Ventas (Madrid), ca. 1940. 

Un mar de muertos.

Eso es lo que esto es. Un mar de muertos.

Simulan que respiran, pero engañan.

Aquí ninguno alienta. Nadie anhela.

Míralos bien: componen una playa

sin mareas, ni olas, ni vaivenes.

Son solamente fardos que algún día

tuvieron alma; pero no se nota.

Alguno grita y dice “¡Yo estoy vivo!”

Pero ya ves que miente. Solo hay muertos.

Mira a tu alrededor. Dime ¿qué ves?

Veintiocho o treinta puertas de unas celdas

que descansan en un partio bien nutrido.

Son madres  de mil seres y cobijan

apenas unos cuantos en su seno.

Y yacen los demás desparramados

sobre las losas de esta galería.

¡Ten cuidado! No los pises

Ya son bastante pisadas

las que los han agobiado;

y ¿sabes? ¡Hasta los fardos

revientan con la hoyadura!

¿A dónde marchas muchacha?

¡Ah precisas los servicios

del fondo del cementerio!

Resuelve, pero con tiento.

No roces las cabezas que cayeron

intentando pensar.

Pon tu pie ahí… así, entre dos cerebros.

Y con el otro pie, separa el brazo,

ese que cubre el trozo de baldosa.

Así… así… despacio… muy despacio.

No despierten tus pasos a los muertos.

No quiebres esa hora que es tan suya.

Ángeles Ortega García-Madrid, «Un mar de muertos», Al quiebro de mis espinas (Poemas desde la Cárcel), 1977.